Stephen Shore
Stephen Shore entra en Darwin como una bisagra estructural: color vernáculo vuelto forense, la carretera tratada como evidencia. Volvemos a él no por la América cotidiana, sino por la secuencia: páginas que se mueven como hojas de contacto bajo luz fluorescente. Su paciencia de gran formato rima con el rigor del fotolibro japonés, pero sigue siendo directa, antilírica. Una gramática de superficies, estacionamientos y camas de motel. Circulación sin romanticismo. El tiempo mantenido plano.